ENTRE MOLINOS, SALINAS Y ESTEROS: DE SANTI PETRI A RIO ARILLO(3 de 3)
Cai, El Puerto y
La isla de San Fernando,
Chiclana y el Trocadero,
Donde se cría el salero.
(cantiña
gaditana)
Ya decíamos que la etapa anterior se puede unir perfectamente con esta última, siguiendo desde el sendero de El Carrascón, no quedando una etapa demasiado larga. En caso de optar por hacerlo por separado, queda un recorrido algo más corto, pero de esta manera, con más tiempo de detenerse en alguno de los molinos y enclaves que, por diferentes razones, adquieren algo más de protagonismo y relevancia.
Abandonado dicho sendero y, junto a él, el muelle pesquero y deportivo de Gallineras, transitaremos por el carril bici que nos aproxima al cerro de los Mártires. Este lugar, más allá de un amplio parque periurbano, se trata de un punto muy interesante por los restos arqueológicos allí encontrados hace años. Si vamos con tiempo, puede merecer la pena detenerse en este punto, y saliendo por unos instantes de nuestra temática salinera y molinera, pedalear o pasear por este lugar.
Volvemos al carril, y tras dejar a la izquierda el centro de visitantes Bahía de Cádiz, encontraremos el acceso al sendero Tres amigos y Río Arillo. Aquí podemos optar por alguna de las dos opciones que ofrece el recorrido, pero en cualquier caso pedalearemos inmersos en la antigua salina Tres amigos, y nuevamente disfrutar del espacio de amplio humedal resultante. Nuevamente, coincidiendo con parte de la Eurovelo 8, podremos aparcar la bici en alguno de los dos observatorios estratégicamente ubicados. Conviene recordar la importante aportación que las salinas han proporcionado como humedal al mundo ornitológico, creando estos auténticos santuarios para las aves.
Y poco después, dejando a
nuestras espaldas la antigua salina, contemplaremos una gran balsa de agua que no es otra cosa
que la caldera del grande de los molinos, que con sus doce caños, su amplia
arquitectura y su clara ubicación a pie de autovía, lo hacen totalmente
visible. Pero podremos comprobar su abandonada gestión, que lo convierten en uno de los
protagonistas de esta ruta temática. El Molino de Mareas río Arillo, por la alta capacidad de molienda que proporcionaban sus 12 piedras moledoras, se puede
considerar de los más importantes del occidente atlántico, y que provocó
importantes litigios y problemas con las panaderías y tahonas de localidades
colindantes que vieron peligrar su actividad comercial.
En este VIDEO expuesto en el centro de visitantes por el que pasábamos pocos kilómetros atrás, podemos recrearnos, y quizás comprender mejor, cómo funcionaba su maquinaria. Una auténtica joya, que una vez más obliga a preguntarse qué debe ocurrir para que en casos tan claros, las diferentes administraciones dejen de lado sus diferencias y así poder mantener nuestro patrimonio histórico antes de que se llegue a ese punto de no retorno, punto en el que se encuentran prácticamente el resto de molinos de la Bahía.
Nos despedimos del molino, no sin cierto pesar, en dirección a Cádiz. Del nudo en el estómago, pasamos al nudo que la autovía tiene a la altura de las instalaciones militares de Torregorda, y que nos permite cambiar al otro lado de la carretera, dirigiéndonos hacia otro de los puntos mágicos que tiene este paseo. Si planificamos bien la hora de llegada a este punto, podremos entrar en las instalaciones privadas del restaurante Marambay. Allí yace lo poco que queda del Molino de Roqueta, o también conocido entre otros nombres como Santibáñez, dando nombre este último a la zona y al carril que nos llevará posteriormente a tierras isleñas.
Hace unos años, esto era una zona olvidada y marginal, con una casa salinera en ruinas, El Arrierillo, y que la visión de un joven emprendedor hizo que tomara una valiente iniciativa. Tras muchas dificultades, con pandemia incluida, consiguió situar aquí un sitio privilegiado para tomarse una cerveza, un desayuno o incluso celebrar cualquier tipo de evento.
En este REPORTAJE podemos ver las semejanzas y diferencias con respecto al otro restaurante que citábamos al principio de nuestro periplo salinero. Y vuelve a surgir la pregunta: ¿la única manera de recuperar estos espacios es la iniciativa privada? Si es así, ¿habría que poner algún tipo de condiciones? ¿Pueden y/o deben convivir la iniciativa privada y la obligación de los gestores públicos en la clara función de poner en uso este tipo de espacios privilegiados y de tanto valor? Preguntas que surgen y cuyas respuestas requieren de más espacio y tiempo que el de estos simples y sencillos renglones.
El sendero de Santibáñez, paralelo a la vía del tren nos llevará, poco antes de llegar al centro comercial Bahía Sur, al conocido como Molino Grande, denominado Molino de San José.
La existencia de capilla, pozos de agua dulce y otras dependencias indican que además de la actividad propia del molino, pudiera estar dedicado a quinta de recreo. En él aún se pueden ver interesantes detalles, como se describen AQUÍ.
El centro comercial Bahía Sur, contempla de manera anónima, el paso de mucha de la gente que diariamente pasa por allí. Posiblemente ignoren que cuando pasan de un lado a otro del caño que separa la explana exterior de las tiendas, lo estén haciendo pisando los restos del Molino Caño Herrera.
Desde este punto solo nos queda pedalear con precaución por las calles isleñas hasta llegar a las Salinas de San Vicente, otro de los espacios que sigue manteniendo la tradición de la sal artesanal, y que ha añadido a su oferta la celebración de eventos y comidas de grupo.
Con pocas pedaladas llegaremos al punto de salida de este tercer tramo, junto al centro de interpretación en el ya citado molino de El Zaporito. No es mal sitio para finalizar este periplo por el mundo del mar, la sal, las costumbres y las relaciones de las personas y el medio a través de nuestra historia. Ejemplo de cómo durante años la naturaleza y el ser humano se han fundido para generar algo mejor.
Hemos pasado por lugares donde la inversión pública está claramente amortizada por la presencia y el disfrute de numerosos caminantes, ciclistas y curiosos. Curiosamente hemos empatizado con edificaciones abandonadas a su suerte, pero hemos conectado en cualquier caso con el lugar por el que hemos pedaleado. En este caso, la mirada curiosa debería hacernos responsables con nuestro pasado, y de alguna manera también, con nuestro futuro, y preguntarse siempre de qué manera podemos mantener estos espacios y lugares como algo nuestro, llevándonos al pasado, pero con la posibilidad de disfrutarlo en el presente.













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